Atreverse a versionarse

Llega el carnaval a Barcelona y no hay nada más entretenido que ver la creatividad andando. Literal, andando por las calles. Pelucas, tutús, pijamas de capibaras… de todo. Niños y niñas alucinando al ser por un día sus referentes fantásticos.

Recordé una vez más las anécdotas de mis disfraces de niña. Hada madrina, sevillana, la mujer maravilla, gitana… siempre mágica y hechicera. Aguna bruja por ahí, seguro, con lo bien que me quedan los sombreros y el mal humor de vez en cuando. Records…

Hace mucho que no jugaba y ya que en la oficina se dio la oportunidad, dije sí.

Tuve poco tiempo para fantasear el disfraz. Pasé por clásicas alternativas, pero debo reconocer claramente que siempre he sido más alegórica que realista en mis artes. Esta no fue la excepción.

-¿De qué te vas a disfrazar? – El misterio siempre es clave para el factor sorpresa así es que sólo me limité a decir: -Vendré muy Royal.

Con la ilusión de un niño alisté el vestuario, los accesorios,el tocado, el maquillaje, los brillos y lentejuelas.

Lista y frente al espejo, satisfecha con el resultado, sencillo pero con el glamour necesario caí en cuenta que tendría que subir al bus que me lleva a la oficina con toda la pluma puesta. OMG!

20 minutos estática detrás de la puerta de casa repasando mentalmente todos los mantras de autoconfianza, compasión y el artista que llevo dentro. Quienes me conocen de cerca saben que prefiero un lugar en la sombra aunque sobre tablas cambie la cosa. Un suspiro y a la calle.

La primera persona que me vio abrió los ojos como dos platos y un poco tratando de decifrar que había detrás. Ya, con el abrigo no se veía el traje, sólo el rostro elaborado. Luego sonrió e intentó disimular. Me di cuenta que iba yo con la cara larga. Claro, protección en acción. Y entonces decidí que sonreiría a todo el que se me cruzara. Que me lo estoy pasando bien y se tiene que notar. Y funcionó. Contacto visual, una sonrisa y se normalizó todo aunque no dejara de notar la expresión de sorpresa al primer contacto. El conductor del bus me saludó con una cotidianidad como que habrían pasado ya setecientos disfrazados esa semana. Eso me devolvió la confianza y al entrar en la oficina me topé con tanta gente riendo y disfrutando de la locura de un día que me guardé ese momento para siempre.

No podría decir que eliminé toda sensación de alerta en mi cuerpo pero sí que este ejercicio de salir de la zona de confort ayudó a seguir eliminando capas. Disfraces de alter egos que construimos a lo largo de la vida como corazas y que llegado un momento, ya no nos son útiles.

Qué viva la locura de un día! Dosis necesaria e imprescindible.

Ah, el difraz? De pavo real. No, no. nada de Therians. Sólo un disfraz.

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