Nací a pie de mar, en la tierra fértil, de raíces y ramas que curan y que se yergue en inmensidad hacia su deidad.

Orbité el sol desde ahí por lo que, seguro, será la mitad de mi vida. Me nutrí de su resiliencia y de su coraje. Me hice fuerte en adamada rebeldía y extendí mis raíces con la cadencia del ritmo de las olas y un charango melancólico que ahora suena en las alturas.

Desde que tengo memoria estuve en la búsqueda, inquieta y constante. Mientras tejía destino abracé complicidad. Los compañeros del camino crearon para mí un refugio cálido para los hielos recientes. Los recuerdos de ventanas, calles, ruedas, sabores, aromas, abrazos, bailes y mates, llenaron una maleta hecha de ilusiones que cruzaría el mar un otoño.

Me envolví de azul para finalmente entender que lo que yo buscaba, en realidad, me llamaba. Desaprendí de muros y oscuros. Besé la poesía nocturna. Anidé en luz hasta que los árboles perdieron sus hojas y yo la sangre.

El aleteo del corazón supo sostener acantilados en silencio, hasta que el eco de una promesa mutua de amor y lealtad volviera a tatuar los blancos y la noche, también.

Así llegamos aquí. A reconstruir bordando alma.

Gracias por la compañía.